Salmo 22

(Versículos seleccionados)

TEMA. Más que ningún otro éste es EL SALMO DE LA CRUZ. Es posible que realmente fuera recitado palabra por palabra por nuestro Señor cuando colgaba en el madero. Sería demasiado atrevido afirmar que, efectivamente, así fue, pero aun un lector casual puede ver que hubiera sido posible. Comienza con: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” y, según algunos, finaliza en su versión original con “Consumado es”. En cuanto a expresiones de aflicción que brotan de las profundidades indescriptibles del dolor, podemos decir de este salmo: “No hay otro igual”. Es la fotografía de las horas más tristes de nuestro Señor, el registro de sus últimas palabras en su momento de agonía, el memorial de sus gozos al expirar. David y sus aflicciones pueden haberse expresado aquí en un sentido muy modificado, pero, así como la estrella está tapada por la luz del sol, aquel que ve a Jesús aquí, probablemente no vea ni le interese ver a David. Ante nosotros tenemos una descripción de las tinieblas al igual que de la gloria de la Cruz, los sufrimientos de Cristo y la gloria que le sigue. ¡Oh que tuviéramos la gracia para acercarnos y ver este gran espectáculo! Debemos leer con reverencia, quitándonos el calzado de los pies, como lo hizo Moisés ante la zarza ardiente, porque si en alguna parte de las Escrituras hay suelo santo, es en este salmo.

Versículo 1. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Este fue el alarmante clamor del Gólgota: Eloi, Eloi, lama, sabacthani. Los judíos se burlaban, pero los ángeles adoraban cuando Jesús lanzó esta lamentación tan amarga. Vemos al gran Redentor clavado en la cruz, cercano al final. ¿Y qué vemos? ¡Teniendo oídos para oír, oigamos y teniendo ojos para ver, veamos! Contemplemos con asombro santo, y notemos los resplandores de luz en medio de la terrible oscuridad de aquel mediodía-medianoche. Primero, la fe de Nuestro Señor se hizo evidente y merece nuestra reverente imitación. Él se mantiene aferrado a su Dios con las dos manos y clama dos veces: “¡Mi Dios, mi Dios!”. El espíritu de adopción era fuerte en el Hijo del Hombre que sufría, y no sentía ninguna duda con respecto a su afecto por su Dios. ¡Oh que pudiéramos imitar este aferrarse a un Dios que nos aflige! El que sufre tampoco desconfía del poder de Dios para sostenerle, porque el título usado (“El”) significa fuerza, y es el nombre del Dios Todopoderoso. Él sabe que el Señor es el apoyo y socorro todo suficiente, y por lo tanto apela a él en la agonía de su dolor, no en la tortura de la duda. Quiere saber por qué ha sido abandonado, eleva esa pregunta y la repite, pero no porque desconfía ni del poder ni de la fidelidad de Dios. ¡Qué pregunta es ésta que tenemos ante nosotros! “¿Por qué me has desamparado?” Tenemos que poner el énfasis en cada palabra de ésta la más triste de todas las palabras. “¿Por qué?” ¿Cuál es la causa inmensa de una realidad tan extraña como la de Dios abandonando a su propio Hijo en tal momento y en semejante dificultad? No había dado ninguna razón para merecerlo, ¿por qué entonces desertarlo? “Has” muestra que ya sucedió, y cuando hace la pregunta, el Salvador está sintiendo sus efectos aterradores.¡Es en realidad cierto, pero qué extraño! No fue la amenaza de ser abandonado que hizo clamar a toda voz al Salvador, sino el hecho de que sufrió el desamparo en toda su realidad. “Tú”: puedo entender por qué Judas el traidor y Pedro el tímido se han apartado, pero tú, mi Dios, mi fiel amigo, ¿cómo puedes dejarme? Esto es lo peor de todo. Sí, peor que todo lo demás junto. El infierno mismo tiene, como la llama más feroz, la separación de Dios del alma. “Desamparado”: si me hubieras amonestado lo hubiera aguantado, porque tu rostro resplandecería. Pero abandonarme completamente, ¡ay! ¿por qué? “Me”: Soy tu Hijo inocente, obediente, sufriente, ¿por qué me dejas perecer? Un cuadro de uno mismo sometido a penitencia, y de Jesús en la cruz visto por la fe, explica mejor esta pregunta. Jesús está desamparado porque nuestros pecados nos había separado de nuestro Dios.

¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? El Hombre de Dolores había orado hasta que le fallaron las palabras, y sólo podía expresar gemidos y quejidos como los del enfermo grave, como los rugidos de un animal herido. ¿Hasta qué extremo de dolor fue llevado nuestro Maestro? ¡Cómo habrán sido de fuertes su llanto y sus lágrimas que lo dejaron demasiado ronco para hablar! ¡Cómo habrá sido su angustia al ver a su propio Padre querido en quien confiaba parado a lo lejos, sin darle ayuda y aparentemente sin escuchar su oración! Esta era una buena razón para hacerlo “clamar”. Y, sin embargo, había una razón para todo esto, que los que confían en Jesús como su Sustituto bien saben.

Versículo 2. Dios mío, clamo de día, y no respondes. Que nos parezca que nuestras oraciones no son oídas no es nada nuevo, Jesús lo sintió antes que nosotros, y es digno de destacar que aun así se aferró fuertemente con fe a Dios, y aun así clamó “Mi Dios”. Por otro lado su fe no lo hizo menos inoportuno porque en medio de los apuros y horrores de aquel día sombrío no dejó de clamar, al igual que como en el Getsemaní, había agonizado durante toda la lúgubre noche. Nuestro Señor siguió orando aunque no recibió ninguna respuesta consoladora, y en esto nos dejó ejemplo de obediencia a sus palabras: tenemos que “orar siempre, y no desmayar” (Luc. 18:1). Ningún día es demasiado deslumbrante, ninguna noche demasiado oscura para dejar de orar, y ninguna demora o aparente negativa, por más grave que sea, debe tentarnos a dejar de rogar a tiempo y fuera de tiempo.

Versículo 3. Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel. ¡Por más malas que parezcan las cosas, no hay ningún mal en ti, oh Dios! Tendemos a pensar muy poco en Dios y hablar muy poco de él cuando nos encontramos bajo su mano que nos abate, pero no así su Hijo obediente. Él conoce demasiado bien la bondad de su Padre como para dejar que las circunstancias externas dañen su carácter. No hay ninguna injusticia en el Dios de Jacob, no merece él censura alguna; haga él lo que haga, debe ser alabado y entronado en medio de los cantos de su pueblo escogido. Si la oración no es contestada no es porque Dios sea infiel, sino por alguna otra buena e importante razón. Si no podemos percibir ningún motivo para su demora, tenemos que dejar el enigma sin resolver: pero no debemos adelantarnos a los designios de Dios a fin de inventar una respuesta. Mientras que la santidad de Dios es reconocida y adorada al máximo, en este versículo el autor afligido parece admirarse de que el Dios santo pudiera desampararlo y guardar silencio ante su clamor. El argumento es: Tú eres santo, ¡ay! ¿por qué es que no tienes en cuenta a tu Hijo santo cuando ora expresando su peor angustia? No podemos cuestionar la santidad de Dios, pero por ella podemos presentar nuestros argumentos y usarlos como un pedido de clemencia en nuestras peticiones.

Versículo 4. En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Esta es la regla de la vida para toda la familia escogida. Tres veces se repite el mismo sentimiento: esperaron, esperaron, esperaron, y nunca dejaron de esperar porque era su misma vida; y a todos les fue bien, porque tú los libraste. En medio de todos sus aprietos, dificultades y sufrimientos la fe los sostuvo al clamar a Dios que los rescatara; pero en el caso de nuestro Señor parecía que la fe no iba a traer ayuda del cielo. Sólo él entre todos los que confiaban quedaría sin ser librado. La experiencia de otros santos puede ser un gran consuelo para nosotros cuando andamos en aguas profundas, si por nuestra fe podemos estar seguros que como ellos fueron librados seremos librados nosotros. Pero cuando sentimos que nos hundimos, es poco consuelo saber que otros están nadando. Nuestro Señor aquí apela a los tratos de Dios con su pueblo en el pasado como una razón por la cual no debiera ser abandonado. Nuevamente aquí nos es ejemplo del uso habilidoso del arma de toda oración. El uso del pronombre plural “nuestros” muestra qué unido estaba Jesús con su pueblo aun en la cruz.

Versículo 5. Clamaron a ti, y fueron librados; confiaron en ti, y no fueron avergonzados. Es como si hubiera dicho: “¿Cómo es que ahora he sido dejado sin socorro en mis sufrimientos abrumadores, mientras que otros han sido ayudados? Podemos recordarle al Señor sus bondades anteriores hacia su pueblo y rogarle que seamos objetos de las mismas ahora. Esta es una verdadera lucha libre, aprendamos sus técnicas. Notemos que los santos de antaño lloraban y confiaban, y nosotros tenemos que hacer lo mismo en las dificultades. Y el resultado invariable fue que no se avergonzaban de su esperanza porque la liberación llegaba a su tiempo. Esta misma feliz porción será nuestra.

Versículo 6. Mas yo soy gusano, y no hombre. Este versículo es un milagro del lenguaje. ¿Cómo pudo el Señor de gloria ser humillado a tal punto que no sólo era menor que los ángeles sino menor que los hombres? ¡Qué contraste entre “YO SOY” y “Yo soy un gusano”! No obstante, la persona de nuestro Señor Jesús tenía tal naturaleza doble cuando sangraba en el madero. Se sintió como un gusano indefenso, impotente, oprimido, pasivo cuando era aplastado e ignorado y despreciado por aquellos que lo oprimían. Selecciona la más débil de las criaturas, lo cual es toda carne; y se convierte en carne pisoteada, contorsionada y temblorosa sin ningún poder excepto el poder de sufrir. Así era realmente cuando su cuerpo y alma se habían convertido en una masa de sufrimiento –la esencia misma de la agonía– en los dolores agonizantes de la crucifixión. El hombre por naturaleza no es más que un gusano; pero nuestro Señor se puso aun más bajo que el hombre, por la burla y el desprecio que le amontonaron encima y la debilidad que sentía, y por lo tanto agrega “y no hombre”. Mientras Dios lo había abandonado, no podía contar con los privilegios y la bendición que fueron otorgados a los patriarcas, y no podía tener actos comunes de humanidad porque era rechazado por los hombres. Fue proscrito de la sociedad terrenal y le fue negada la sonrisa del cielo. ¡Cuán completamente se despojó el Salvador de toda gloria, y lo hizo por nosotros!

Versículo 7. Todos los que me ven me escarnecen. Leamos el relato evangelístico de las burlas soportadas por el Crucificado, y luego consideremos, a la luz de esta expresión, cuánto le dolió. El arma penetró su alma. Las burlas tienen la descripción distintiva de “burlas crueles”, las que soportó nuestro Señor eran las más crueles. Las burlas despectivas dirigidas a nuestro Señor eran universales. Toda clase de hombres se había juntado para reír despectivamente, y competían entre sí para insultarlo. Sacerdotes y pueblo, judíos y gentiles, soldados y civiles, todos unidos en la burla general, y eso en el momento cuando estaba postrado por sus debilidades y a punto de morir. ¿De qué hemos de asombrarnos más: de la crueldad del hombre o del amor del sangrante Salvador? ¿Cómo podemos jamás quejarnos de las burlas después de esto?

Estiran la boca, menean la cabeza. Estos eran gestos de desprecio. Mohines, sonrisas burlonas, menear la cabeza, sacar la lengua y otras formas de escarnio fueron soportados por nuestro paciente Señor. Los hombres le hacían estos gestos a éste ante quien los ángeles esconden su rostro y a quien adoran. Las señas más viles que puede inventar el desprecio le fueron arrojadas maliciosamente. Se burlaron de sus oraciones, se rieron de sus sufrimientos y lo humillaron hasta lo sumo.

Versículo 8. Diciendo, se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía. Aquí el hostigamiento va cruelmente dirigido a la fe en Dios del que sufre, que es el punto más tierno en el alma de un hombre bueno, la niña de su ojo. Deben haber aprendido el arte diabólico de Satanás mismo, porque demostraron ser extremadamente competentes en esto. Según Mateo 27:39-44, hubo cinco formas de hostigamiento lanzadas contra el Señor Jesús, y probablemente se menciona esta forma de burla en este salmo porque es la más amarga de todas. Tiene una ironía mordaz, sarcástica que le da un veneno peculiar. Al Hombre de Sufrimientos le ha de haber ardido hasta lo más profundo del alma. Cuando somos atormentados de este modo, recordemos a Aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra él, y nos sentiremos reconfortados. Al leer estos versículos preguntamos con Trapp: ¿Es esto una profecía o un hecho consumado?, porque la descripción es tan exacta. No debemos olvidar la verdad que los escarnecedores judíos dijeron sin querer. Ellos mismos fueron testigos de que Jesús de Nazaret confiaba en Dios: ¿porqué, pues, Dios lo dejó morir? En el pasado Jehová había librado a los que ponían sobre él su carga: ¿por qué abandonó Jehová a este hombre? ¡Oh que hubieran comprendido la respuesta! Notemos además, que el irónico desdén: “puesto que en él se complacía” decía la verdad. El Señor efectivamente se complacía en su Hijo amado, y cuando tomó la forma de hombre y se hizo obediente hasta la muerte, seguía muy complacido con él. ¡Extraña mezcla! Jehová se deleita en él, y aun así lo hiere; está complacido, pero aun así lo asesina.

Versículo 9. Pero tú eres el que me sacó del vientre. La providencia bondadosa atiende con la cirugía de la ternura cada nacimiento humano, pero el Hijo del Hombre, quien fue maravillosamente concebido por el Espíritu Santo, fue vigilado de una manera especial por el Señor cuando María lo trajo al mundo. El estado indigente de José y María, lejos de sus amigos y hogar, los llevó a experimentar la mano cariñosa de Dios en el parto feliz de la madre y el nacimiento del niño; ese Niño que ahora libra la gran batalla de su vida, usa la misericordia de su nacimiento como un argumento ante Dios. La fe encuentra armas en todas partes. El que quiere creer nunca carecerá de razones para hacerlo.

Versículo 10. Sobre ti fui echado desde antes de nacer. En los brazos del Todopoderoso fue recibido al principio, como en los brazos de un padre o madre amante. Este es un pensamiento dulce. Dios comienza su cuidado de nosotros en nuestra primera hora. Somos mecidos sobre las rodillas de misericordia y atesorados en la falda de la bondad; nuestra cuna está bajo el dosel del amor divino y nuestros primeros tambaleos son guiados por su cuidado. Desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios. El salmo comienza con “Mi Dios, mi Dios” y aquí, no sólo repite la afirmación, sino que destaca que lo ha sido desde siempre. ¡Cuán noble perseverancia de la fe, el seguir rogando con un ingenioso argumento santo! Nuestro nacimiento fue el periodo de nuestra existencia más débil y más peligroso; si fuimos afirmados por la ternura omnipotente, estemos seguros de que no tenemos razón para sospechar que ahora la bondad divina nos va a fallar. Aquel que fue nuestro Dios cuando dejamos a nuestra madre, seguirá con nosotros hasta que regresemos a la madre tierra, y nos salvará de perecer en las entrañas del infierno.