Salmo 51

(Versículos seleccionados)

TÍTULO. “Cuando después que se llegó a Betsabé, vino a él Natán el profeta”. Cuando el mensaje divino había despertado la conciencia dormida de David haciéndole ver lo grande de su culpa, él escribió este salmo. Se había olvidado de su salmodia mientras satisfacía los apetitos de la carne, pero regresó a su arpa cuando su naturaleza espiritual fue vivificada, y entonó su canto acompañándolo de suspiros y lágrimas. El pecado grande de David no tiene excusa, pero es bueno recordar que su caso incluye una colección excepcional de elementos especiales. Era un hombre de pasiones muy fuertes, un soldado, un monarca oriental con un poder despótico. Ningún otro rey de su época se hubiera sentido compungido por actuar de la forma que lo hizo él, y por lo tanto, no sufría las restricciones de las costumbres y la sociedad, las cuales, cuando son quebrantadas, hace que las ofensas sean más monstruosas. Él no sugiere ninguna forma de atenuantes, ni nosotros mencionamos estos datos con el fin de disculpar su pecado, que fue sumamente detestable, sino para advertir a otros a fin de que puedan reflexionar que el libertinaje en ellos ahora hubiera sido más culposo que para el errado Rey de Israel. Al recordar su pecado, enfoquemos principalmente su arrepentimiento, y la larga serie de castigos que hizo que la última parte de su vida fuera tan triste.

Versículo 1. Ten piedad de mí, oh Dios. Apela inmediatamente a la misericordia de Dios, aun antes de mencionar su pecado. Tener a la vista la misericordia es bueno para los ojos adoloridos por su llanto de arrepentimiento. El perdón de los pecados tiene que ser siempre un acto de pura misericordia, y por lo tanto, es a ese atributo que se dirige el pecador vivificado.

Conforme a tu misericordia. Obra, oh Señor, como es típico de ti. Obra misericordia conforme a tu misericordia. Demuestra misericordia que coincida con tu gracia. Qué palabra especial es “misericordia”... una mezcla insólita y preciada de amor y compasión que armoniosamente se unen en una sola. Conforme a la multitud de tus piedades. Rodéame con tu amor y compasión, y que tu perdón sea de acuerdo con tu naturaleza. Revela todos tus compasivos atributos de mi caso, no sólo en esencia sino en abundancia. Innumerables han sido tus actos de bondad e inmensa es tu gracia. Hazme el objeto de tu misericordia infinita y duplícala en mí. Haz de mi caso la personificación de tus tiernas misericordias. Me siento alentado por cada acto de gracia hacia los demás, y te ruego que agregues otro y éste aun mayor, en mi propia persona, a la larga lista de tus compasiones. Borra mis rebeliones. Mis rebeldías, mis excesos ya están contados en mi contra; pero Señor, borra esos renglones. Táchalos con tu pluma. Hazlos desaparecer, aunque ahora parecen grabados en la roca para siempre. Quizá se necesiten muchos pincelazos de tu misericordia para eliminar la profunda inscripción, pero como tú tienes muchísima misericordia te ruego que borres mis pecados.

Versículo 2. Lávame más y más. No basta con borrar el pecado. Su persona ha sido mancillada y anhela ser purificado. Quiere que Dios mismo lo limpie, porque nadie más que él puede hacerlo por completo. El lavado tiene que ser a fondo, tiene que ser repetido, por lo que clama “más y más”. El tinte es indeleble, y yo, pecador, he sido sumergido en él demasiado tiempo, tanto que el carmesí ya ha quedado fijo. Pero Señor, lava y lava, y vuelve a lavar, hasta quitar la mancha de modo que no quede ni un vestigio de mi vileza. El hipócrita se contenta con que su ropa sea lavada, pero el verdadero pecador arrepentido clama: “Lávame”. El alma indiferente se contenta con una limpieza superficial, pero la conciencia verdaderamente vivificada anhela un lavado real y práctico y del tipo más completo y eficiente. Lávame más y más de mi maldad. Distingue la maldad como una gran contaminación, infectando a toda la naturaleza tanto como a él; como si nada fuera tan suyo como su pecado. El pecado contra Betsabé sirvió para mostrarle al salmista lo inmenso de su iniquidad, de la cual ese acto repugnante no era más que una piedra que se había desprendido y caía. Anhela librarse de toda la abundancia de su inmundicia, que antes casi no notaba pero que se había convertido en un terror espantoso y angustioso en su mente. Y límpiame de mi pecado. Esta es una expresión más general, como si el salmista dijera: “Señor, si lavarme no da resultado, intenta otro proceso; si el agua no sirve, prueba el fuego, prueba cualquier otra cosa de modo que pueda ser yo purificado. Líbrame de mi pecado por algún medio, cualquier medio; el asunto es que sea purificado completamente, y no dejes en mi alma nada de culpabilidad”. No es el castigo en contra de lo cual clama, sino del pecado. Muchos homicidas se alarman más por la horca que por el homicidio que los trajo a ella. Al ladrón le encanta robar, aunque le teme a la cárcel. No así David: está harto del pecado como pecado. Sus clamores más intensos son contra la impiedad de sus transgresiones, y no contra sus dolorosas consecuencias. Cuando tratamos seriamente con nuestros pecados, Dios nos trata con bondad. Cuando aborrecemos lo que el Señor aborrece, él pronto pondrá fin al tormento para nuestro gozo y paz.

Versículo 3. Porque yo reconozco mis rebeliones. Aquí ve la pluralidad y la inmensa cantidad de sus pecados, y los declara abiertamente. Parece decir: “Los confieso totalmente. No que este sea mi argumento para buscar perdón, sino que es una evidencia clara de que necesito misericordia, y soy absolutamente incapaz de buscar ayuda en ninguna otra parte. Declararme culpable me ha descartado cualquier posibilidad de apelar contra la sentencia de la justicia: Oh Señor, tengo que depender de tu misericordia, te ruego que no me rechaces. Tú me llevaste al punto de querer confesar. ¡Suma a esta obra de gracia la remisión total y gratuita!” Y mi pecado está siempre delante de mí. Mis pecados como un todo nunca dejan de estar en mi mente; agobian continuamente mi espíritu. Los pongo delante de ti porque están siempre delante de mí: Señor, quítalos de delante de ti y de delante de mí. Para la conciencia vivificada, el dolor debido al pecado no es transitorio ni ocasional, sino intenso y permanente, y esto no es señal de la ira divina, sino más bien un prefacio seguro de abundante favor.

Versículo 4. Contra ti, contra ti solo he pecado. El virus del pecado radica en su oposición a Dios: el sentimiento del salmista de haber pecado contra otros aumentaba la fuerza de su sentimiento de haber pecado contra Dios. Todas sus malas acciones se centraban y culminaban a los pies del trono divino. Dañar a nuestros semejantes es pecado principalmente porque al hacerlo violamos la ley de Dios. El corazón del salmista arrepentido estaba tan lleno de una sensación de haber cometido un mal contra el mismo Señor, que todas las otras confesiones quedaban encubiertas por el reconocimiento inconsolable de la ofensa contra el Señor. Y he hecho lo malo delante de tus ojos. Cometer una traición en la misma corte del rey y a su vista es realmente una insolencia. David sentía que su pecado había sido cometido en toda su inmundicia mientras Jehová lo observaba. A nadie más que a un hijo de Dios le preocupa el ojo de Dios, pero donde hay gracia en el alma, ésta refleja una culpa tremenda ante cada acto impío al recordar que el Dios a quien ofendemos estaba presente cuando cometimos la transgresión. Cuando hablemos sea con conocimiento de causa, y seamos sensibles cuando juzguemos. David no podía presentar ningún argumento contra la justicia divina si Dios procedía inmediatamente a condenarlo y castigarlo por su crimen. Su propia confesión, y el que el juez haya sido testigo de todo lo ocurrido, pone la transgresión fuera de cualquier cuestionamiento o debate. La iniquidad fue indiscutiblemente cometida y fue incuestionablemente un mal repugnante, y por lo tanto el curso que debía seguir la justicia era claro y no dejaba lugar para ninguna controversia.

Versículo 5. He aquí, en maldad he sido formado. David queda atónito ante el descubrimiento de su pecado innato, y procede a expresarlo. Esto no fue para justificarse, sino más bien tiene la intención de completar su confesión. Es como si hubiera dicho: “No sólo he pecado una vez, sino que, por naturaleza, soy pecador. La fuente de mi vida está contaminada desde su comienzo. Mis tendencias de nacimiento están desequilibradas; por naturaleza me inclino por las cosas prohibidas. La mía es una enfermedad legítima, que me hace muy detestable y objeto de tu ira”. Y en pecado me concibió mi madre. Se remonta a los primeros momentos de su ser, no para difamar a su madre, sino para admitir las raíces profundas de su pecado. Negar ese pecado original y la depravación natural que la Biblia enseña es disputar impíamente con ella. Los hombres que objetan esta doctrina tienen que ser enseñados por el Espíritu Santo cuáles son los principios principales de la fe. La madre de David era la sierva del Señor, él nació en un matrimonio intachable, de un buen padre, y él mismo era “hombre conforme al corazón de Dios” (Hech. 13:22). No obstante, su naturaleza era tan caída como la del cualquier hijo de Adán, y lo único que necesitaba era la ocasión para manifestar esa triste realidad. Cuando fuimos formados fuimos hechos insuficientes, y cuando fuimos concebidos nuestra naturaleza concibió pecado. ¡Pobre humanidad! Los que quieran, pueden lamentarlo, pero el que ha aprendido en su propia alma a sentirse afligido por su estado perdido es sumamente bendecido.

Versículo 6. He aquí. Aquí está el gran asunto para considerar. Dios no anhela una virtud meramente exterior, sino pureza interior, y el hecho de que el salmista arrepentido está consciente de su pecado se agrava grandemente cuando, asombrado, descubre su verdad y cuánto dista de satisfacer los requerimientos divinos. Este segundo “He aquí” es un contraste perfecto con el primero; ¡cuán grande es el abismo entre ellos! Tú amas la verdad en lo íntimo. Realidad, sinceridad, santidad verdadera, fidelidad de corazón, estos son los requerimientos de Dios. A él no le interesa la pretensión de santidad. Mira la mente, el corazón y el alma. El Santo de Israel siempre ha estimado a los hombres por su naturaleza interior, y no por lo que profesan exteriormente. Para él, el interior es tan visible como el exterior, y juzga acertadamente que el carácter esencial de una acción radica en la motivación del que la realiza. Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. El pecador arrepentido siente que Dios le está enseñando la verdad con respecto a su naturaleza, que antes no había percibido. El amor del corazón, el misterio de su caída y el camino de su purificación: todos tenemos que obtener esta sabiduría secreta; y es una gran bendición poder creer que el Señor “nos hará comprenderlo”. Nadie más que el Señor puede dar instrucciones a lo más profundo de nuestra naturaleza, pero él puede hacerlo para nuestro beneficio. El Espíritu Santo puede escribir la ley en nuestro corazón, y esa es la suma total de la sabiduría práctica. Puede revelar en nosotros a Cristo, y él es la sabiduría esencial. Tales almas pobres, necias y desordenadas como las nuestras, serán puestas en orden, y dentro de nosotros reinará la verdad y la sabiduría.

Versículo 7. Purifícame con hisopo. Rocíame con la sangre expiatoria usando los medios designados para eso. Concédeme la realidad que las ceremonias simbolizan. Nada fuera de la sangre puede quitarme las manchas de sangre, nada fuera de la purificación más fuerte puede lograr limpiarme. Haz que la ofrenda de sangre purifique mi pecado. Haz que el que ha sido designado para expiar, ejecute su oficio sagrado sobre mí, porque nadie lo necesita más que yo. El pasaje puede ser considerado como la voz de la fe al igual que una oración, porque así lo expresa: “Purifícame con hisopo, y seré limpio”. A pesar de lo inmundo que soy, hay tanto poder en la propiciación divina que mi pecado desaparecerá. Como el leproso sobre quien el sacerdote ha realizado sus ritos purificadores, seré admitido nuevamente en la asamblea de tu pueblo y podré compartir los privilegios de la verdadera Israel. Mientras que delante de ti, por medio de Jesús mi Señor, seré aceptado. Lávame. No sea yo limpio sólo en mi modo de ser, sino limpio por una verdadera purificación espiritual, que me quite la contaminación de mi naturaleza. Haz que se perfeccione en mí el proceso de santificación al igual que el del perdón. Sálvame de las maldades que mi pecado ha creado y nutrido en mí. Y seré más blanco que la nieve. Nadie sino tú puede emblanquecerme. Puedes en tu gracia sobrepasar la naturaleza misma y ponerla en su estado más puro. La nieve pronto absorbe humo y polvo, se derrite y desaparece, tú puedes darme una pureza duradera. Aunque la nieve es blanca en su interior al igual que en su exterior, tú puedes realizar una obra parecida en mi interior, y limpiarme tan bien que sólo una hipérbole puede lograr que mi condición sea inmaculada. Señor, haz esto; por fe creo que lo harás, y sé bien que lo puedes hacer.

Sería difícil encontrar en las Sagradas Escrituras un versículo más lleno de fe que este. Considerando la naturaleza del pecado y el profundo sentir que el salmista tenía de él, demuestra una fe gloriosa al poder ver en la sangre mérito suficiente, no, totalmente suficiente para purificarlo enteramente. Considerando también la corrupción profunda e innata que David vio y sintió adentro, es un milagro que pudiera regocijarse en la esperanza de una pureza perfecta en su interior. Y, agreguemos que la fe no es más que lo que la palabra indica, ni más que lo que la sangre de la expiación incita, y que lo que la promesa de Dios merece. Ojalá algún lector que en este momento sufre el peso del pecado, le haga al Señor el honor de confiar con esta misma confianza en el sacrificio consumado del Calvario y la misericordia infinita allí revelada.

Versículo 8. Hazme oír gozo y alegría. Hacia el final del salmo ora acerca de su pesar. Comienza inmediatamente con su pecado; pide escuchar perdón y luego escuchar gozo. Busca consuelo en el momento preciso y de la fuente precisa. Sus oídos están entumecidos por sus pecados y por eso ora: “Hazme oír”. Ninguna voz podía revivir sus gozos apagados, sino aquella que da vida a los muertos. El perdón de Dios le daría un gozo doble: gozo y alegría. La felicidad que espera al que es perdonado no es mezquina; no sólo tendrá un gozo doble, sino que lo escuchará; lo cantará con júbilo. Hay gozos que se sienten pero no se escuchan, porque compiten con los temores. En cambio, el gozo del perdón tiene una voz más sonora que la voz del pecado. La voz de Dios brindando paz es la música más dulce que el oído puede escuchar. Y se recrearán los huesos que has abatido. Era como un pobre desgraciado cuyos huesos han sido triturados, no por algún medio común sino por la misma omnipotencia. Gemía no debido a las meras heridas de la carne: sus poderes más firmes pero más tiernos habían sido “quebrantados”, su hombría se había convertido en una sensibilidad dislocada, retorcida y temblorosa. No obstante, aquel cuyos huesos temblaban antes con agonía pasaría a ser igualmente sensible al gozo intenso. La figura es audaz, y lo mismo es el que suplica. Está pidiendo algo grande; busca gozo para un corazón pecaminoso, música para los huesos abatidos. ¡Oración absurda en cualquier otra parte excepto ante el trono de Dios! Más absurda aún allí, si no fuera por la cruz donde Jehová Jesús cargó nuestros pecados en su propio cuerpo en el madero. El alma arrepentida no necesita pedir ser un siervo asalariado, ni permanecer en un estado de resignación desesperada con un dolor perpetuo; puede pedir alegría y le será dada, porque si los pródigos regresan el padre se goza, y los vecinos y amigos se gozan y festejan su alegría con música y danzas (Luc. 15:11ss), ¿qué necesidad puede haber que el que ha sido restaurado se sienta desgraciado?

Versículo 9. Esconde tu rostro de mis pecados. No los mires, esfuérzate por no verlos. Se interponen en el camino, pero Señor, niégate a contemplarlos, no sea que los tengas en cuenta, tu ira arda y yo perezca. Y borra todas mis maldades. Repite la oración del primer versículo agregándole la palabra “todas”. Todas las repeticiones no son necesariamente “vanas repeticiones”. Las almas en agonía no tienen capacidad para pensar en variar su lenguaje: el dolor se tiene que contentar con tonos monocordes. El rostro de David estaba avergonzado por mirar su pecado, y ningún otro pensamiento podía quitarlo de su memoria; pero ora al Señor que haga con su pecado lo que él mismo no puede hacer. Si Dios esconde su rostro de nuestros pecados, también lo esconde de nosotros para siempre; y si no borra nuestros pecados, tiene que borrar nuestros nombres del libro de la vida.

Versículo 10. Crea ¡Qué! ¿Tanto nos ha destruido el pecado que tenemos que volver a pedir su intervención? ¡Qué ruina ha obrado el pecado en la humanidad! Crea en mí. Yo, en mi fabricación externa todavía existo; pero estoy vacío, desolado, vacuo. Ven, pues y haz que tu poder sea visto en una creación nueva dentro de mi viejo yo que ha caído. En el principio, tú hiciste a un hombre en el mundo. Señor, ¡haz en mí un hombre nuevo! Un corazón limpio. En el versículo 7 pidió ser limpiado; ahora pide un corazón apropiado para esa limpieza. Pero no dice: “Limpia mi viejo corazón”, tiene demasiada experiencia en la inutilidad de la vieja naturaleza. Quiere que el hombre viejo sea sepultado como algo muerto, y que una nueva creación venga para llenar su lugar. Nadie sino Dios puede crear un corazón nuevo o una nueva tierra. La salvación es una muestra maravillosa del poder supremo; la obra en nosotros tanto como para nosotros es totalmente a causa de la Omnipotencia. Primero tiene que rectificar los sentimientos, o toda nuestra naturaleza anda mal. El corazón es el timón del alma, y hasta que el Señor empiece a manejarlo, vamos por un rumbo falso y fétido. Señor, tú que una vez me hiciste, ten a bien hacerme de nuevo, y renuévame en lo más recóndito de mi ser.